La vida nos presenta desafíos inesperados que ponen a prueba nuestra fortaleza y resiliencia. En este contexto, el yoga puede convertirse en una herramienta invaluable, no solo para el manejo del estrés, sino también como un aliado en momentos de enfermedad. Un relato inspirador sobre la conexión entre el yoga y el cáncer de mama nos muestra cómo esta práctica puede transformar la experiencia de la enfermedad, aportando calma y claridad en medio de la adversidad.
La experiencia de enfrentar el cáncer
En abril de 2023, la profesora de yoga Lola Ferrández descubrió un bulto en su pecho. Este hallazgo la hizo cuestionar todo el conocimiento que había adquirido a lo largo de sus años de práctica: «¿Podré gestionar esto con todo lo que he aprendido en yoga?». Como muchas personas, Lola había vivido un estilo de vida ajetreado, lleno de responsabilidades y estrés, sin apreciar el impacto que esto tenía en su salud emocional y física.
Desde su juventud, el yoga había sido un refugio para ella, una forma de encontrar equilibrio y paz en medio de la tormenta. Con más de 25 años de experiencia en la práctica, había aprendido a manejar la ansiedad y el estrés, pero la noticia de su diagnóstico la llevó a un lugar de incertidumbre. De repente, se sintió despojada de la seguridad que le brindaba su práctica.
El momento del diagnóstico
El diagnóstico de cáncer de mama es un golpe devastador. Al recibir la noticia, Lola experimentó una montaña rusa emocional, repleta de preguntas y temores. La sensación de pérdida de control era abrumadora, pero en su interior surgía una decisión: «Debo luchar». Con la ayuda de sus seres queridos, comenzó a explorar cómo el yoga podría ayudarle en este nuevo capítulo de su vida.
Después de la operación, que le dejó limitaciones físicas, decidió enfocarse en la meditación. Esta práctica no solo le ofreció un espacio para reflexionar, sino que también le permitió conectarse con su cuerpo y su mente mientras atravesaba el proceso de sanación. En cuanto comenzó a sentirse mejor, regresó a las clases de yoga, donde los profesores la guiaron en un viaje adaptado a sus necesidades.
La importancia del tratamiento
Al enfrentar el tratamiento, que incluía quimioterapia y radioterapia, Lola se comprometió a mantener su práctica de yoga. Consciente de que la quimioterapia la dejaría fatigada, cada sesión de yoga se convirtió en un espacio de renovación. La adaptabilidad del yoga le permitió escuchar a su cuerpo y ajustar su práctica según lo que necesitaba cada día.
A lo largo de este proceso, Lola descubrió que el yoga abarca mucho más que las posturas físicas (ásanas) y la respiración (pranayama). También incluye elementos profundos de autoconocimiento y meditación (dhyana), así como la introspección (pratyahara) y el estudio de la filosofía del yoga (gnana). Estos aspectos se convirtieron en pilares fundamentales para enfrentar su enfermedad.
- Adaptabilidad: Escuchar a su cuerpo y ajustar la práctica según sus necesidades.
- Aumentar la resiliencia: Mejorar su capacidad para afrontar los efectos secundarios del tratamiento.
- Conexión emocional: Fortalecer su vínculo con el yoga y su comunidad.
- Autoconocimiento: Explorar su interior y comprender su proceso emocional.
El apoyo de la comunidad
Un momento crítico en su viaje fue cuando comenzó a perder el cabello. Esta etapa, marcada por la vulnerabilidad, también fue transformadora. En su primera clase con un turbante, se sintió rodeada de amor y apoyo de sus compañeros. Comprendió que los juicios que temía eran en realidad proyecciones de su propia inseguridad. En el espacio del yoga, la energía de la comunidad se convirtió en un refugio.
La práctica compartida y la atmósfera de armonía le recordaron que, a pesar de las diferencias, todos están interconectados. Esta experiencia le enseñó que el yoga no solo es una práctica individual, sino también una forma de vida que fomenta la compasión y la comprensión hacia los demás.
Superando nuevos desafíos
Con el avance de su tratamiento, Lola continuó enfrentando emociones intensas, desde la tristeza hasta la frustración. La menopausia inducida y los efectos secundarios de la quimioterapia la hacían sentir como si estuviera envejeciendo rápidamente. A pesar de ello, su oncóloga la alentó a seguir practicando yoga como una forma de mitigar estos síntomas, reafirmando su decisión de incorporar el yoga en su vida diaria.
Al llegar al final de su tratamiento, Lola comenzó a ver mejoras significativas. Su cabello empezaba a crecer nuevamente y su energía regresaba. Decidió retomar las clases de yoga, enfrentando nuevos miedos sobre su capacidad para enseñar. Sin embargo, al estar frente a sus alumnas, se dio cuenta de que había vuelto con más pasión y esencia que nunca.
Un nuevo propósito
La experiencia de superar el cáncer llevó a Lola a reflexionar sobre su vida y sus prioridades. Se dio cuenta de que su verdadero deseo era ayudar a otros a encontrar el mismo alivio y paz que había experimentado a través del yoga. Aunque se le presentaron oportunidades laborales en el ámbito administrativo, su corazón la guiaba hacia el yoga.
- Enseñanza: Compartir su experiencia y conocimientos con los demás.
- Sanación: Facilitar el proceso de sanación a través de la práctica.
- Autenticidad: Ser fiel a sí misma y a sus pasiones.
A medida que continuaba su viaje de autoconocimiento, Lola aprendió a respetar sus propios tiempos y emociones. Se dio cuenta de que no podía complacer a todos y que era vital mantener un equilibrio que le permitiera estar en paz consigo misma.
La filosofía de vida del yoga
La práctica de yoga enseñó a Lola a aceptar las fluctuaciones emocionales y a enfrentar los desafíos con una actitud más serena. Aprendió a ver cada síntoma físico y emocional como una oportunidad de crecimiento, integrando el yoga en su vida diaria. Para ella, el yoga no se limita a la esterilla; es una forma de vivir, un camino que la guía hacia la paz interior.
Esta filosofía se traduce en una vida más equilibrada, en la que cada día puede ser un nuevo comienzo. El yoga se convierte en una herramienta para enfrentar la vida con armonía y serenidad, permitiendo que cuerpo, mente y alma trabajen en conjunto.
Lola Ferrández Ramírez. Profesora de yoga por la Escuela de Yoga Dhyana (Murcia). Licenciada en Economía por la Universidad de Murcia. Actualmente ejerce de profesora de yoga en Gimnasio Isabel Lorenzo (Alcantarilla, Murcia).



