La crianza de los hijos es un camino lleno de desafíos y alegrías, pero también de momentos de inseguridad y autocrítica. Muchas veces, los padres se encuentran atrapados en un ciclo de vergüenza que les impide disfrutar plenamente de la experiencia parental. Si te has sentido así, no estás solo. A continuación, exploraremos cómo abordar esa vergüenza, con un enfoque que te permita crecer y sanar tanto a ti como a tu familia.
La psicoterapia puede ofrecer herramientas valiosas para comprender y gestionar esos sentimientos. La terapeuta y escritora Lia Avellino nos invita a reflexionar sobre cómo la vergüenza puede afectar nuestra vida como padres. En este artículo, desglosaremos el impacto de la vergüenza y ofreceremos estrategias prácticas para superarla.
La naturaleza de la vergüenza en la crianza
La vergüenza es un sentimiento profundo que puede surgir de la percepción de no ser “suficientemente buenos” como padres. Este sentimiento puede manifestarse de diversas maneras, como la creencia de que no somos lo suficientemente productivos, pacientes o capacitados para desempeñar nuestras funciones. La crianza se convierte, entonces, en una medida de nuestra “suficiencia”. Cuanto más inadecuados nos sentimos, más tendemos a ocultar esa sensación, dificultando la identificación de sus causas subyacentes.
La investigadora de la vergüenza, Brené Brown, define la vergüenza como “la intensa experiencia de creer que somos defectuosos y, por lo tanto, no merecedores de amor y pertenencia”. Este sentimiento puede llevarnos a mantener en secreto aquello de lo que nos sentimos avergonzados, afectando nuestras relaciones y nuestra autoaceptación.
Es crucial entender que la vergüenza no solo es una emoción negativa; también puede servir como una señal de que estamos fuera de alineación con nuestros valores. Sin embargo, si esta sensación se vuelve constante, puede desviarnos de acciones constructivas, dejándonos atrapados en un ciclo de autocrítica.
Identificar la espiral de vergüenza
Una de las primeras etapas para lidiar con la vergüenza es reconocer cuándo comenzamos a caer en una espiral de autocrítica. La cultura actual a menudo utiliza la vergüenza como herramienta de motivación, ya sea en lo que respecta al cuerpo, el éxito o las expectativas parentales. Aquí hay algunas señales que pueden indicar que estás en una espiral de vergüenza:
- Sentimientos persistentes de insuficiencia.
- Negatividad hacia ti mismo o tus capacidades como padre.
- Críticas hacia tu hijo que reflejan tu propia inseguridad.
- Sentimientos de arrepentimiento o culpa por acciones pasadas.
La autocrítica puede ser tan familiar que ni siquiera la notamos. Es fundamental observarla desde una perspectiva neutral para poder cambiar nuestra relación con ella. Pregúntate: ¿De dónde proviene esta crítica? ¿Es algo que realmente creo o es un eco de voces externas que he internalizado?
Cuestionar los estándares de crianza
La relación que tenemos con la vergüenza a menudo se ve influenciada por las expectativas sociales. Nos puede incomodar no cumplir con ideales como “recuperarse” rápidamente después del parto o ser la madre perfecta. Este tipo de autocrítica no solo nos perjudica, sino que también perpetúa un ciclo de daño. En lugar de enojarnos con nosotros mismos, podríamos enfocar esa energía en cuestionar los estándares que nos rodean.
Pregúntate si realmente estás fallando en algo o si, por el contrario, las expectativas son poco realistas. Reflexiona sobre lo siguiente:
- ¿Me siento como una madre «impaciente» porque no tengo suficiente apoyo?
- ¿Me comparo con imágenes editadas en redes sociales que no reflejan la realidad?
- ¿Qué pasaría si dirigiera mi frustración hacia las presiones externas en lugar de hacia mí misma?
Regresar a uno mismo
Cuando nos encontramos atrapados en la vergüenza, tendemos a hablar con nosotros mismos de maneras que nunca haríamos con un amigo. Es esencial cambiar esa narrativa. Pregúntate: ¿qué le diría a un amigo en una situación similar? Este ejercicio de autoempatía puede ayudarte a ver las cosas desde una nueva perspectiva.
Reconocer la vergüenza es el primer paso para abordarla. Cuando sientas que estás cayendo en la espiral de la vergüenza, intenta ponerla “en la estantería” y reemplazarla con preguntas amables. Esto puede revelar emociones más profundas que, a menudo, son dolor, miedo o tristeza, en lugar de evidencia de que eres un mal padre.
Contar la verdad sobre tu vergüenza
Es común que la conducta que no te gusta no sea el verdadero problema, sino la vergüenza que sientes al respecto. La búsqueda de la perfección puede ser simplemente un mecanismo de defensa contra la vergüenza. En lugar de tratar de ocultar o negar esos sentimientos, es importante exponerlos y hablar de ellos. Compartir tus luchas con alguien de confianza puede ayudar a disminuir la carga de la vergüenza.
Recuerda que el antídoto para la vergüenza es la conexión y el cuidado. Hablar sobre tus luchas puede ayudarte a sentirte visto y apoyado, lo que a su vez puede disminuir la intensidad de la vergüenza.
La importancia de la reparación
Un aspecto clave en la gestión de la vergüenza es el proceso de reparación. Muchas veces, no se trata solo de cometer errores, sino de la falta de esfuerzo por corregirlos. Ya sea que hayas gritado a tu hijo o hayas escondido algo de tu pareja, el primer paso es reparar la relación contigo mismo. Aquí hay algunos elementos a considerar en el proceso de reparación:
- Reflexionar sobre cómo surgió el comportamiento problemático.
- Identificar las condiciones que lo provocaron.
- Reconocer lo que necesitas para cambiar ese comportamiento.
- Disculparte contigo mismo o con los demás por el daño causado.
Al hacer esto, no solo te liberas de la carga de la vergüenza, sino que también te preparas para disculparte con los demás, lo que puede fortalecer tus relaciones.
El camino hacia la transformación
Las mejores relaciones no son las que carecen de conflictos, sino aquellas en las que cada persona reconoce su papel en los problemas y enfrenta sus luchas. Reemplazar la vergüenza por la curiosidad puede abrir un espacio para el crecimiento personal, en lugar de un ciclo de autocrítica que lleva a sentirte indigno y desconectado.
Al aprender a manejar nuestra vergüenza, enviamos un mensaje poderoso a nuestros hijos: siempre hay espacio para el crecimiento y el cambio. Esto no solo mejora nuestra relación con nosotros mismos, sino que también enseña a nuestros hijos la importancia de la autoaceptación y la resiliencia.



